
Hace casi exactamente un año comenzó una de las transformaciones más profundas de la política exterior de EE.UU. desde el final de la Guerra Fría. El proceso fue administrativo, rápido y cargado de simbolismo: el desmantelamiento progresivo de la histórica Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), durante más de seis décadas la herramienta central de la ayuda exterior y uno de los instrumentos más visibles del poder blando estadounidense. En enero de 2025 la administración Trump ordenó una congelación de noventa días sobre la asistencia internacional, una decisión que terminó derivando en la cancelación de más del noventa por ciento de los contratos activos gestionados por USAID, lo que suponía aproximadamente 54.000 millones de dólares en compromisos suspendidos o eliminados. Meses después, en julio de 2025, lo que quedaba operativamente de la agencia fue absorbido por el Departamento de Estado, cerrando formalmente un ciclo institucional que había comenzado en 1961.
Antes de su desmantelamiento parcial, el presupuesto de USAID oscilaba entre los 27.000 y los 40.000 millones de dólares anuales, dentro de un volumen total de ayuda exterior estadounidense que superaba los 70.000 millones según estimaciones del Congressional Research Service. La agencia operaba en más de cien países y sostenía una red global de contratistas, organizaciones asociadas y personal técnico que daba empleo directa e indirectamente a cientos de miles de personas. El impacto del cierre fue inmediato. Informes internos y estudios académicos advirtieron de que la interrupción de programas contra la malaria, la tuberculosis y la malnutrición infantil podría traducirse en millones de contagios adicionales y en un aumento significativo de la mortalidad en sistemas sanitarios frágiles. Sin embargo, lejos de suponer una retirada total del escenario internacional, la desaparición de USAID abrió la puerta a una reformulación más explícita de la influencia estadounidense.
De Bahía de Cochinos al poder blando global como naturaleza de USAID
La creación de USAID en 1961 no puede entenderse sin el contexto geopolítico del momento. Tras el fiasco de Bahía de Cochinos y el deterioro de la imagen de la CIA en América Latina, la administración Kennedy necesitaba un instrumento civil que restaurara legitimidad y disputara influencia a la Unión Soviética en el llamado Tercer Mundo. La Foreign Assistance Act reorganizó los programas de asistencia bajo una nueva estructura que formalmente priorizaba el desarrollo económico, la salud pública y la estabilidad institucional. En paralelo se impulsó la Alianza para el Progreso, movilizando miles de millones de dólares en América Latina con el objetivo declarado de fomentar crecimiento y reformas estructurales.
Desde sus orígenes, la cooperación al desarrollo estuvo inseparablemente ligada a la lógica estratégica. El concepto de poder blando, formulado décadas después por Joseph Nye, encaja con precisión en la arquitectura que USAID ayudó a consolidar: la capacidad de influir sin recurrir a la fuerza directa, moldeando estructuras políticas, económicas y culturales en terceros países. Durante más de sesenta años la agencia financió programas de salud global, seguridad alimentaria, fortalecimiento institucional y gobernanza democrática, convirtiéndose en el mayor donante bilateral del mundo. Millones de vidas fueron salvadas mediante programas vinculados al VIH/SIDA y la malaria, y numerosos sistemas sanitarios recibieron apoyo técnico y financiero sostenido.
Sin embargo, la historia de USAID nunca fue exclusivamente humanitaria. En múltiples contextos, la ayuda exterior coincidió con objetivos estratégicos más amplios. Durante la Guerra Fría, investigaciones del Senado estadounidense evidenciaron solapamientos entre iniciativas de desarrollo y prioridades de seguridad nacional. En el siglo XXI, el caso de ZunZuneo en Cuba, una red social financiada por la agencia que terminó siendo expuesta públicamente, reforzó la percepción de que ciertas herramientas de cooperación podían servir a fines de movilización política indirecta. Gobiernos como los de Bolivia y Rusia expulsaron a USAID alegando interferencias en asuntos internos, reflejando una percepción extendida en diversos escenarios internacionales.
Gobernanza, medios e injerencia estadounidense como constante estructural
Uno de los ámbitos más sensibles fue el de la gobernanza democrática y los medios de comunicación. Antes de su desmantelamiento, los programas de democracia, derechos y gobernanza gestionaban miles de millones de dólares anuales dentro del presupuesto global de la agencia. Estos fondos financiaban reformas judiciales, fortalecimiento institucional, observación electoral, capacitación de periodistas y sostenimiento de medios considerados independientes. En Europa del Este, particularmente en países como Georgia, Moldavia y Rumanía, la financiación estadounidense acompañó procesos electorales y reformas estructurales en contextos de alta polarización. Para Washington, se trataba de reforzar estándares democráticos y combatir la desinformación. Para sectores críticos, constituía una forma sofisticada de intervención electoral y de injerencia estadounidense bajo la cobertura de la cooperación.
La influencia mediática se articuló mediante apoyo a redacciones locales, formación profesional y plataformas digitales, configurando lo que algunos analistas describen como una arquitectura narrativa alineada con marcos occidentales. La promoción de consensos institucionales y la marginalización discursiva de actores catalogados como iliberales generaron controversia en distintos parlamentos nacionales. La línea que separa el fortalecimiento democrático de la influencia política estructural resultó, en muchos casos, difusa.
Lo significativo es que esta dinámica trascendió el eje republicanos-demócratas. La política exterior de EE.UU. ha mantenido durante décadas una continuidad estratégica que supera alternancias partidistas. Desde Kennedy hasta Reagan, desde Clinton hasta Obama y Trump, la ayuda exterior estadounidense ha operado como instrumento de influencia global, adaptando su narrativa a cada contexto histórico pero conservando su función estructural.
La Estrategia Global de Salud América Primero como reformulación estratégica
Tras la absorción de USAID, la administración Trump lanzó la Estrategia Global de Salud América Primero, dotada con aproximadamente 11.000 millones de dólares iniciales, con la intención declarada de llenar el vacío dejado por la agencia histórica pero bajo una filosofía distinta. El nuevo modelo privilegia acuerdos bilaterales directos con gobiernos y sistemas sanitarios nacionales, reduciendo el protagonismo de las ONG internacionales y vinculando el financiamiento a compromisos de cofinanciación y metas de rendimiento verificables.
Hasta el momento se han firmado acuerdos con quince países africanos, con compromisos estadounidenses que superan los 11.100 millones de dólares a cinco años, mientras los países socios han prometido aportaciones superiores a los 12.200 millones. El plan se estructura en memorandos de entendimiento que exigen a los gobiernos aumentar progresivamente su gasto sanitario interno mientras Washington reduce su aportación. La prioridad se centra en insumos médicos y personal sanitario de primera línea, limitando gastos considerados estructurales.
La diferencia fundamental respecto al modelo anterior no es únicamente presupuestaria, sino conceptual. La Estrategia Global de Salud América Primero introduce un enfoque explícitamente transaccional en la ayuda exterior, vinculando cooperación sanitaria con intereses estratégicos más amplios. En algunos casos, acuerdos sanitarios coincidieron con negociaciones sobre recursos minerales y oportunidades económicas, lo que evidencia una articulación directa entre salud global y geopolítica.
Cambia la estructura, no la lógica
La desaparición formal de USAID no implica la desaparición de la influencia estadounidense. Si durante décadas la agencia representó una versión institucionalizada del poder blando, la nueva estrategia representa una versión más directa y condicional de la misma lógica. La injerencia estadounidense, entendida como la capacidad de moldear entornos políticos y económicos en función de intereses nacionales, forma parte de la idiosincrasia histórica de la superpotencia.
Hoy la arquitectura adopta el nombre de Estrategia Global de Salud América Primero. Mañana podrá llamarse de otra manera. Pero mientras Estados Unidos conserve intereses globales y capacidad financiera para proyectarlos, la cooperación al desarrollo seguirá siendo algo más que asistencia humanitaria. Cambia la marca, cambia el relato, se ajustan los mecanismos. La lógica estratégica permanece.



