
Hay un experimento mental que los arquitectos hacen cada vez más en conferencias y foros de urbanismo: te muestran una fotografía de una calle cualquiera, tomada en los últimos diez años, y te piden que adivines en qué ciudad está. En la imagen se ve: un edificio de cristal y acero, un co-working con ladrillo visto y plantas de interior, un Zara y un Starbucks.
Que la mayoría de la gente falle una pregunta a priori tan simplona es, dicen los expertos, el gran problema.
El síndrome de la ciudad genérica
Las ciudades del mundo se parecen cada vez más entre sí. No es una percepción romántica ni una queja de quien viaja demasiado: es una tendencia documentada por urbanistas, geógrafos y arquitectos de todo el planeta. La proliferación de las mismas cadenas comerciales, los mismos estándares constructivos internacionales, el mismo lenguaje estético del capitalismo global está borrando los rasgos que hacían única a cada ciudad.
El arquitecto holandés Rem Koolhaas lo llamó hace décadas «la ciudad genérica»: ese espacio urbano que ha perdido su identidad histórica y se ha convertido en una superficie intercambiable y funcional, pero también indistinguible en la práctica. Lo que entonces era una advertencia, hoy es un problema generalizado.
Piensa en las grandes intervenciones urbanas de los últimos veinte años en nuestro país. Hay obras magníficas, sin duda. Pero hay también una tendencia preocupante: importar modelos arquitectónicos pensados para otras latitudes, otros climas, otras culturas, y plantarlos aquí como si el contexto no importara.
Muchos arquitectos señalan al mercado inmobiliario global como punto de inicio del estudio sobre cómo las grandes ciudades abandonan su idiosincrasia para gustar al inversor internacional. Esto no se trata de un fenómeno puramente estético, sino que tiene consecuencias reales sobre cómo vivimos, cómo nos relacionamos con nuestro entorno y, en último término, sobre nuestra cultura.
Las ciudades no son memorias colectivas hechas de piedra, ladrillo, azulejo, etc. En ellas materializamos siglos de eventos históricos, de soluciones propias al clima y al territorio, de formas de entender la vida pública y privada de los ciudadanos. Cuando eso se sustituye por una fachada de vidrio reflectante, no solo estamos abocándonos a cambiar las vistas.
España tiene demasiado que perder
Pocas culturas en Europa tienen un patrimonio urbano tan rico y tan diverso como el español. No hablamos solo de los grandes monumentos, también de algo más cotidiano y quizás más valioso, como es la arquitectura vernácula, los centros históricos llenos de vida, las plazas mayores como corazones cívicos de la comunidad y, particularmente, podemos referirnos a los patios interiores como respuesta al calor mediterráneo, los caseríos vascos, las cuevas de Guadix, los pueblos blancos de Andalucía.
Y estamos en riesgo de perderla no por descuido, sino por un proceso activo de paulatina sustitución. Los centros de muchas ciudades españolas medianas llevan décadas siendo abandonados en favor de periferias diseñadas según patrones importados. El turismo de masas ha convertido algunos de nuestros barrios históricos en parques temáticos de sí mismos, vaciados de vecinos reales.
Los sociólogos tienen un término para los espacios que podrían estar en cualquier parte: no-lugares. Aeropuertos, centros comerciales, cadenas hoteleras. Marc Augé, que acuñó el concepto, los describía como espacios de tránsito donde no se produce identidad ni relación social significativa y son la razón por la que Londres, Madrid, Roma o París pueden confundirse entre sí.
Aquí el problema es que ese modelo se está filtrando desde los márgenes hacia el corazón de las ciudades. Cuando un barrio histórico se llena de apartamentos turísticos, pierde a sus vecinos y entonces solo le queda la fachada, que los turistas fotografiarán antes de marcharse a otra ciudad que, en el fondo, se parece bastante a esta.
Una cuestión de orgullo
La buena noticia es que ante esta cuestión ya se plantean alternativas, y cada vez más arquitectos, urbanistas y administraciones las están explorando. Hay ejemplos inspiradores. La rehabilitación del Casco Viejo de Bilbao, entre ellas, o la recuperación de la arquitectura tradicional en algunas zonas de Toledo son resoluciones interesantes a la modernización de suelo urbano.
Son gestos que demuestran que es posible. Que modernidad e identidad no tienen que tomarse como conceptos opuestos, sino complementarios. Hay algo profundamente irónico en el hecho de que España lleve décadas siendo uno de los destinos turísticos más visitados del mundo precisamente por su singularidad cultural y que al mismo tiempo estemos permitiendo que esa singularidad se erosione silenciosamente.
Las ciudades que sobrevivirán mejor al siglo XXI no serán las que mejor imiten el modelo global. Serán las que hayan tenido la valentía de seguir siendo especiales y únicas.



