
El pasado 8 de junio, el Papa León XIV dio uno de los discursos más importantes de la historia del Congreso de los Diputados de nuestro país. En un momento aciago para España, una luz procedente de Roma nos dejó ver lo que somos y lo que podríamos ser. Aquel día se abrieron las ventanas de la noble Cámara para renovar el aire tan podrido y cargado que se respira en ella.
El Santo Padre comenzó con la que, seguramente, es la definición de libertad más bella que se ha escrito. Y no es una definición de ningún académico, ensayista o filósofo, sino del escritor de la obra más importante de la humanidad, Miguel de Cervantes. El genio de las letras, de la mano del Quijote, nos recuerda que la libertad es uno de los preciosos dones que Dios dio a los hombres. Y aunque León XIV se quedó ahí, la definición continúa diciendo que el cautiverio es uno de los mayores males, y Cervantes sabía perfectamente lo que era el cautiverio. Por ello, debemos recordar que el Quijote, lejos de ser una obra de caballerías obsoleta, es y debe ser un manual de realismo para sobrevivir a un siglo donde los gigantes, disfrazados de molinos, acechan sin cesar.
Su Santidad también nos recordó a la Escuela de Salamanca, seguramente la primera escuela económica moderna. Olvidada por políticos y académicos, la Escuela de Salamanca fue una de las mayores contribuciones al pensamiento humano. Desde las reflexiones jurídicas y morales de la conquista de América, las aportaciones al ámbito económico o el estudio de la legitimidad del poder de Juan de Mariana, Salamanca fue un faro de conocimiento del que nuestra nación debería hacer gala más a menudo. Quinientos años después de la cátedra de fray Francisco de Vitoria, el Papa vino a recordarnos lo que somos y lo que fuimos.
Magnifica Humanitas
El Papa también mencionó su primera encíclica, Magnífica humanitas, donde habla de la IA y la dignidad humana. Dignidad humana que, en palabras de León, “no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o el vaivén de las mayorías de cada momento”. Esta frase ha pasado muy desapercibida, pero me parece esencial. Aquí, el obispo de Roma ataca frontalmente el fundamentalismo democrático de nuestros días. Nos recuerda que debe haber ciertos preceptos, códigos y valores que no deben estar sujetos “al vaivén de las mayorías de cada momento” porque, añado yo, las mayorías se equivocan en muchas ocasiones.
Uno de los puntos más polémicos del discurso fue la defensa de la vida, y lo cierto es que no sé muy bien qué pretendían algunos. ¿Qué el máximo representante de la religión católica defendiera la cultura de la muerte? En un país donde el aborto se ha convertido prácticamente en un consenso social, el Papa defendió la vida del no nacido. Pero también defendió la vida del enfermo que sufre en silencio, como Noelia, que nos dejó hace unos meses.
León XIV recordó que “la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad para acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”. Pero debemos señalar que esa solidaridad se debilita cuando el Estado ocupa su lugar. Cuanto más grande es el aparato burocrático del Estado menos espacio deja a la sociedad civil y las instituciones intermedias. Principio este perfectamente compatible con el principio de subsidiariedad de la Doctrina Social de la Iglesia.
El último punto de disputa fue, como no podía ser de otra manera, la inmigración. Cada partido intentó arrimar el ascua a su sardina, haciendo cherry picking de los detalles del discurso que más le convenían a cada uno. Los unos diciendo que el Papa defendía la libre inmigración ilegal, los otros diciendo que el Papa defendían el cierre de fronteras. Lo cierto es que no defendió ninguna de las dos cosas, vayamos al texto.
El Papa defendió seis puntos esenciales con respecto a la inmigración. En primer lugar, defendió la igual dignidad de todos los seres humanos, algo que no tendría que causar ningún debate. En segundo lugar, defendió las “vías seguras y legales” para la inmigración. Aquí me imagino que los partidos de izquierda comenzaron a perderse y a mirarse raro. Posteriormente, hizo hincapié en las posibilidades reales de integración, insisto, reales. En tercer lugar, defendió el derecho de las personas a permanecer en su propia tierra, algo que muchos llevamos defendiendo desde hace años. Y, finalmente, criticó el contrabando y tráfico de personas y la imposibilidad de afrontar este problema en solitario por parte de las naciones.
Si repasamos todo lo anterior, parece una política migratoria bastante sensata y acorde con los valores de la Iglesia. Olvídense, el Papa no va a defender nunca una invasión inmigratoria ilegal, pero tampoco va a defender ametrallar cayucos en las costas como pretenden algunos exaltados del espectro de la derecha.
El final del discurso fue toda una lección para los diputados y senadores. En palabras del Santo Padre: “En este salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera”. Aquí, el Papa recordó a los presentes que no son dioses y que no deben pretender serlo. El poder supremo no reside en aquella Cámara, sino más arriba, en el cielo, y deben ejercerlo con humildad, conscientes de que representan un poder efímero, temporal y humano.
En definitiva, el Papa dio un discurso tan brillante que inmediatamente después todos los políticos intentaron hacer suyas sus palabras. A izquierda y derecha les pareció bien la disertación, podemitas aplaudiendo la defensa del no nacido y peperos aplaudiendo la crítica del fundamentalismo democrático y el positivismo jurídico. Va a ser verdad, después de todo, que Dios hace milagros.



