
El pasado 6 de junio, el Papa León XIV se vino de visita a España, una gira que comenzó en el aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid, donde le esperaban los Reyes, miles de voluntarios y una ciudad que no recibía a un pontífice desde hace quince años y que se volcó con el evento.
Aprovechando el tirón, muchos medios de comunicación han sacado noticias sobre series y películas sobre la figura del papa, algo que me apeteció aprovechar. Me resultó curioso ver cómo en los últimos veinte años el cine y la televisión han sometido al papado a una disección sin precedentes. Han mostrado papas que dudan, papas que mienten, papas que huyen, papas que no creen. Se han puesto como objetivo humanizar a la figura más sagrada del catolicismo, un hecho que habla más de los espectadores que del propio papa, de la necesidad de poner a la autoridad a nuestro nivel, el morbo de desnudar a una figura que provoca que miles de personas pierdan su domingo solo para verlo.
El papa en crisis
La primera obra que vi es Habemus Papam, de Nanni Moretti, estrenada en 2011. Es una obra sencilla en su planteamiento: tras el entierro del último papa, el cónclave elige a uno nuevo y este, en el momento de asumir el cargo, se da cuenta de que le viene grande. Una premisa cómica que da mucho juego y crea situaciones absurdas que sin duda provocarán más de una risa.
No obstante, para conseguir el efecto deseado, Moretti tiene que obligar al cónclave a elegir a un personaje concreto. El propio director dijo que quiso retratar a un «hombre frágil», súbitamente inadecuado ante el papelón que le ha caído encima. El papa Melville tiene rasgos que nos podrían recordar a Juan XXIII, un papa jovial y humano que revolucionó la Iglesia, pero al final lo fundamental en él es la incapacidad para ejercer el cargo asignado.
La película es honesta y está bien hecha. Pero su premisa revela algo: para que una audiencia secular se interese por el papa, hace falta que el papa falle. Moretti no ataca al papado, sino que lo compadece o incluso, aun de forma voluntaria, resulta condescendiente. El papa nos interesa cuando se parece a nosotros, cuando duda como dudamos, cuando no puede con su vida como a veces no podemos con la nuestra.
El papa autoritario
Por su parte, Paolo Sorrentino encontró una salida distinta en The Young Pope y su continuación, The New Pope. Si el problema es que el papa resulta opaco para una audiencia secular, la solución no es simplificarlo, sino radicalizarlo. Lenny Belardo, el ficticio Pío XIII encarnado por Jude Law, es un papa que en los primeros episodios parece no creer en Dios. O que cree de una manera tan extrema, tan personal y tan desconectada del mundo moderno, que resulta indistinguible del ateísmo para quienes le rodean.
En su primer encuentro con los cardenales, anuncia que no habrá fotos, no habrá entrevistas, no habrá presencia pública. «Dios es misterio», les dice. «Y yo también».
El Pío XIII de Sorrentino resulta fascinante precisamente porque es una construcción. No es un papa; es la idea que un director agnóstico y brillante tiene de lo que debería ser un papa para resultar interesante. También lo es el Papa Brannox, protagonista de The New Pope, aunque en esta segunda parte se evidencia mucho más la caricaturización de los personajes en pos de una crítica a la corrupción de la Iglesia.
Resulta que esas ideas de Sorrentino tienen más que ver con el antihéroe al uso, un hombre torturado, con pasado doloroso, que le hace ser impredecible, más que con cualquier cosa que el papado haya sido en la realidad.
El papa amable
En Los dos papas, de Fernando Meirelles, el papado es una institución como cualquier otra, sin misterios, con sus tensiones internas, sus luchas generacionales y sus momentos de negociación política. Benedicto XVI, interpretado por Anthony Hopkins, y el futuro Francisco, por Jonathan Pryce, se reúnen en Castel Gandolfo en una conversación ficticia pero construida sobre hechos documentados, y lo que sale de ese diálogo es esencialmente mundano, es la contraposición de dos hombres con visiones distintas del mundo intentando que intentan entenderse.
Algunas escenas reveladoras de la película son totalmente mundanas, como puede ser en la que Francisco le habla a Benedicto de fútbol y de los partidos que escuchaba por la radio en Buenos Aires de niño. Benedicto escucha perplejo, como si ese mundo le fuera completamente ajeno, lejano. Es un momento entrañable y bien jugado dramáticamente; de las obras que analizo hoy, es la que presenta unos papas más creíbles y humanizados. Al final, la propuesta tiene un objetivo, que es mostrar a los pontífices con elementos reconocibles para la mayoría, dar una visión amable de las dos figuras, priorizando la de Francisco I. En cuanto la conversación se acerca a temas polémicos, se ve perfectamente que no se quiere mojar, dejando algo coja la enseñanza final del metraje.
El papa ausente
Finalmente, es la película más reciente de esta temática, pero tiene un gancho, que es que el papa ni siquiera aparece. Cónclave, de Edward Berger el pontífice ha muerto antes de que empiece la historia y en lo que se centra es en el proceso de elegir a su sucesor, con sus alianzas, sus secretos y sus ambiciones. Ralph Fiennes encarna al cardenal Lawrence, un hombre que ha pasado décadas al servicio de una institución en la que ha empezado a dudar.
La película cuenta con escenas muy potentes, aunque lo que más se podría destacar son los diálogos, muchos de ellos cuentan con una violencia tan comedida, con un abierto cinismo que te deja desencajado.
Pero no pude evitar preguntarme si esa duda del protagonista no es, una vez más, la condición que la ficción necesita para poder mirar hacia adentro del Vaticano. En este sentido, solo entra quien ya no cree del todo, o al menos quien cree de una manera que resulta comprensible para un espectador que tampoco cree. El cardenal Lawrence es el protagonista perfecto de una película secular sobre la Iglesia: un hombre dividido, reconocible, falible.
Quizás el problema que le veo sea ese: que el cine contemporáneo ha aprendido a hacer papas interesantes para espectadores que no son creyentes, y en ese esfuerzo ha terminado construyendo un personaje que responde a las preguntas del espectador secular, no a las del papado o las de un creyente convencido. El papa en crisis, el papa ambiguo, el papa político, el papa ausente.
Lo que ninguna de estas obras muestra (quizás porque no sabe, o porque no puede) es al papa que llenó la plaza de Cibeles. Al hombre que para un millón de personas no necesita ser explicado, diseccionado ni humanizado. Ese papa, el que tenemos en la realidad, me sigue pareciendo un misterio que el cine aún no ha sabido contar.
Obras mencionadas: Habemus Papam (Nanni Moretti, 2011), The Young Pope / The New Pope (Paolo Sorrentino, 2016-2020), Los dos papas (Fernando Meirelles, 2019), Cónclave (Edward Berger, 2024).



