
El racismo alemán del Tercer Reich ha sido uno de los temas más estudiados de la historia, pero como todo tema machacado por la academia, ha sido poco comprendido por el público no especializado. Pese a lo que puede parecer en primera instancia, es un tema tremendamente complejo y con un trasfondo enorme, por lo que intentaremos resumir brevemente cuáles son los orígenes y puntos clave del supremacismo racial del régimen nacionalsocialista alemán.
El primer punto que debemos tener en cuenta es que Hitler no se inventa el racismo, ni mucho menos el antisemitismo. Con respecto al conflicto con el pueblo judío conocemos enfrentamientos en prácticamente todas las épocas de la historia, comenzando con la destrucción del Templo de Jerusalén por parte de Tito hacia el año 70. El racismo tal como lo entendemos en el mundo moderno es algo más reciente, desde comienzos del siglo XIX el llamado racismo científico empezó a ganar predicamento en Europa. El conde de Gobineau quizá sea uno de los primeros en articular el llamado racismo científico con su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, escrito a mediados del siglo XIX. Ya a finales de siglo, cuando Adolf Hitler tenía 10 años, Houston Stewart Chamberlain escribiría Los fundamentos del siglo XIX, una obra que ya en ese momento mezclaría raza, cultura y antisemitismo, ingredientes todos ellos que Hitler incorporaría más adelante en su programa político.
Un racismo con raíces anteriores a Hitler
Todo el siglo XIX es un camino empedrado hacia las políticas de Hitler. El nacionalsocialismo no dejó de ser la puesta en práctica de muchas de las filosofías anglosajonas y germanas. El dictador austríaco solo fue un compilador de aquello que ya existía. Hitler nunca fue un intelectual, ni mucho menos un gran escritor, pero en su obra Mein Kampf, dejó claros algunos de los puntos clave de su pensamiento político. Para Hitler el fin último de la razón humana era el mantenimiento de la raza. Si para Marx el Estado del siglo XIX era el medio utilizado por la burguesía para dominar a la clase obrera a través de la violencia institucional, para Hitler el Estado también era un medio, pero un medio para la conservación de la raza. Y cuando de defender la raza se trata, en palabras de Hitler: “la cuestión de la legalidad pasa a un plano secundario”. Podríamos decir, entonces, que para Hitler la razón de Estado era la preservación de la raza germana.
El pensamiento de Hitler era un totum revolutum de muchos pensadores y filosofías anteriores. Para él la nación era la raza, hasta el punto de ser prácticamente indistinguibles. Defendía que las distintas razas estaban en un conflicto que tarde o temprano se debería resolver por la ley del más fuerte: los más vigorosos y poderosos someterían a las razas inferiores, una especie de puesta en práctica política del darwinismo social, pero también con reminiscencias hegelianas y marxistas, ya que la lucha de razas no era más que una superación de la lucha de clases materialista. A todo esto, habría que sumar los tintes malthusianos de la obra de Hitler, en sus propias palabras: “La disminución del número implica así la vigorización del individuo y con ello, finalmente, la consolidación de la Raza”. Hitler no estaba obsesionado con un aumento desproporcionado de la raza aria, sino que, en primer lugar, fueran más numerosos y “brutales” que el resto y, en segundo lugar, que tuvieran espacio suficiente para desarrollarse, el conocido Lebensraum. El llamado espacio vital es uno de los conceptos políticos más conocidos de Hitler, pero tampoco es cosecha propia, fue el geógrafo alemán Friedrich Ratzel, quien acuñó el término en 1897 en su obra Geografía política. Este término propiamente materialista fue recogido por Hitler como una especie de justificación del “destino manifiesto” ario: “con el objeto de mejorar las condiciones de conservación de su raza y así cumplir la misión que a ésta le tiene señalada la Providencia”. El nacionalsocialismo dio un sentido puramente racial a este término, como una manera de justificar el derecho místico del superhombre germano a invadir las tierras del este y eliminar la superpoblación del lugar.
Alfred Rosenberg y «El mito del siglo XX»
Alfred Rosenberg fue conocido como el filósofo del Tercer Reich y desarrolló doctrinalmente el nacionalsocialismo. En su tediosa y compleja obra El mito del siglo XX, Rosenberg articula algunas de las cuestiones de las que estamos hablando aquí. Para el nazismo el motor de la historia no era más que la lucha de razas, en palabras del propio Rosenberg: “La historia y el objetivo del futuro no significan ya lucha de clase contra clase, ya conflicto entre dogma eclesiástico y dogma eclesiástico, sino la controversia entre sangre y sangre, entre raza y raza, entre pueblo y pueblo. Y esto significa: combate de valor anímico contra valor anímico”. La difícil obra de Rosenberg deja ver claramente dos características propias de la filosofía nacionalsocialista, por un lado, el idealismo y, por otro, el irracionalismo, puntos, por cierto, que compartirá con el fascismo italiano. Por último, algo muy propio de los nacionalsocialistas era intentar verse reflejados en aquellos pueblos del pasado que consideraban superiores, como el espartano, la antigua Roma o los nórdicos, intentando realizar una especie de continuación entre aquellos pueblos fuertes y vigorosos y los alemanes.
Como vemos, la filosofía nacionalsocialista y el racismo del Tercer Reich son una compilación de algo que ya existía y que se fue fraguando durante todo el siglo XIX y parte del XX. Hitler es el hijo político de una mezcla entre idealismo, predestinación protestante, nacionalismo, socialismo y darwinismo social, aderezada con toques de misticismo y esoterismo. Lo cierto es que no toda la cúpula del Reich pensaba como Hitler, ya que era mucho más heterogénea de lo que pensamos. El propio Albert Speer en sus memorias hablaba así de Himmler: “Himmler, por su parte, continuó con sus extravagancias, compuestas de fe en la raza germánica primigenia, elitismo y unas ideas más bien propias de las tiendas de productos dietéticos, que en conjunto comenzaron a adquirir unas singulares formas pseudorreligiosas”. Muchos de los jerarcas nazis jamás comulgaron con todo el ideario nacionalsocialista, pero vieron en él un instrumento perfecto para llegar al poder y mantenerse.



