
China ha sido siempre un país con una marcada tendencia al centralismo y a la unidad étnica. Ya en su etapa imperial destacaba por su cultura cerrada, que rechazaba a las culturas extranjeras por bárbaras o invasoras, y que solo concedía la plena nacionalidad a los zhongguo ren (中国人), los súbditos que vivían en «Zhongguo», literalmente la Nación del Centro. Aunque la expansión del imperio fue incorporando a la vida cotidiana a otras etnias, que acabaron consolidándose dentro del territorio por costumbre o por necesidad de aliados, la política interior en materia cultural tendió siempre a la asimilación de los sujetos distintos. Frente a minorías consideradas «bárbaras», como la mongola o la tibetana, la cultura han se erigía no solo como la cultura principal, sino como la llamada a ayudar a sus «hermanos de minorías étnicas», presentados como «más débiles y menos capaces».
El rencor antimanchú
A comienzos del siglo XX, con la dinastía Qing (de origen manchú) en caída libre, intelectuales como Zou Rong y Zhang Binglin difundieron panfletos que presentaban a los manchúes como una raza distinta e inferior, mezclando reivindicación de derechos civiles con retórica abiertamente racial. El más influyente, El ejército revolucionario, de Zou, circuló en cerca de un millón de copias y alimentó el clima que desembocó en la revolución de 1911, que puso fin a la última dinastía imperial.
Lo que hoy se entiende por pensamiento han-supremacista no es un cuerpo doctrinal único, sino un conjunto de ideas recurrentes: la noción de una civilización china «ininterrumpida» durante cinco milenios cuyo depositario legítimo es exclusivamente la etnia han; la llamada «visión histórica de 1644» (el año de la conquista manchú), que considera la dinastía Qing una ocupación extranjera ilegítima y a la Ming anterior como la última China «auténtica». Se trata fundamentalmente de una lectura asimilacionista según la cual la cultura han equivale, sin más, a la cultura «china» en general, de modo que la asimilación cultural de las minorías se presenta como un progreso natural, no como imposición. A ello se suma un tono paternalista que describe a los pueblos no han como atrasados o supersticiosos antes de la «liberación» o el «desarrollo» impulsados desde el centro.
Estado multiétnico
Con la caída definitiva del trono, ese resentimiento étnico perdió fuerza política. El Partido Comunista Chino, antes de convertirse en el líder de todo el país, prometió a las minorías étnicas de la región el derecho de autodeterminación y promovió la diversidad y la armonía entre etnias. Esto es cierto solo en parte: la República Popular China (RPC) adoptó como uno de sus principios fundacionales el de «cinco grupos étnicos juntos en armonía», representado en su bandera, donde cada uno de los cinco colores simboliza una etnia: han (rojo), manchúes (amarillo), mongoles (azul), hui (blanco) y tibetanos (negro). El propio Mao Zedong sancionó a los cuadros del Partido que trataban a las minorías como pueblos atrasados necesitados de tutela, y señaló en una directiva titulada «Criticar el chovinismo han» que en algunos lugares las relaciones entre nacionalidades distaban de ser normales y que había que erradicar esas ideas entre los militantes. En su discurso de 1956 «Sobre las diez relaciones fundamentales» insistió en el riesgo de que la mayoría han discriminara a minorías que, pese a ser menos numerosas, ocupan la mitad o más del territorio y los recursos del país.
Sin embargo, no es oro todo lo que reluce, y tras esta fachada de multiculturalidad se esconde una realidad decepcionante. En primer lugar, la Constitución de 1954 no recoge en ningún punto el derecho de autodeterminación, sino solo el derecho al autogobierno de las minorías étnicas, de contenido legal mucho menor. En segundo lugar, la aproximación del gobierno chino a su proclamada «diversidad» ha sido cuestionable: se ha dedicado a estudiar, registrar y controlar a los sujetos de las distintas etnias como forma de demostrar las teorías evolucionistas de Morgan (La sociedad primitiva, 1877), retomadas por Marx y Engels, según las cuales las etnias distintas de la han representaban el salvajismo y la barbarie, etapas evolutivas previas a la civilización. Finalmente, las políticas gubernamentales han oscilado entre periodos de fomento de la asimilación de las otras culturas por parte de los han y periodos de aceptación del pluralismo.
Desde entonces, la Constitución china declara oficialmente la lucha contra «el chovinismo, principalmente el han». Y sin embargo, la idea de que la etnia han, que constituye más del 91 % de la población, es el núcleo civilizador del país, al que las 55 minorías reconocidas deben subordinarse o asimilarse, no ha dejado de reaparecer bajo formas nuevas.

Mismas ideas, nuevo formato
Un buen ejemplo de ello es el surgimiento del movimiento hanfu, nombre de la vestimenta tradicional han. El 22 de noviembre de 2003, un operario eléctrico de Zhengzhou llamado Wang Letian salió a la calle vestido con un shenyi que él mismo había confeccionado, una túnica cruzada anterior a la dinastía Qing. Una periodista chino-singapurense, Zhang Congxing, escribió sobre él en el diario Lianhe Zaobao, y la imagen corrió por los primeros foros de internet chinos, entre ellos Hanwang, donde los entusiastas empezaron a llamarse entre sí tongpao («compañeros de manto»).
Dos décadas después, el fenómeno ha dejado de ser una curiosidad de foro para convertirse en una industria propia. El mercado del hanfu en China continental superaba los 20.000 millones de yuanes en 2025, con más de 7.000 negocios dedicados a él, y algunas estimaciones sitúan en más de cien millones las personas que han comprado alguna prenda hanfu, impulsadas por plataformas como Douyin, Bilibili o Xiaohongshu y por el auge de las series de época, siendo los jóvenes el grueso de su base.
Si se toma como un fenómeno viral en el ámbito de la moda, puede analizarse como un tradicionalismo o un nacionalismo suave. No obstante, aunque existe una mayoría menos politizada, esta convive con una corriente inherentemente política que aboga por imponer esta vestimenta o tradición como representante de China, volviendo, una vez más, a apartar o asimilar a las otras etnias que conviven dentro del gigante asiático.

Según una investigación del Global Network on Extremism and Technology (GNET) publicada en abril de 2026, esta corriente ha ganado visibilidad de forma notable desde finales de 2025 a través de la llamada «nostalgia Ming». El estudio se basa en el rastreo de 109 publicaciones y de varios grupos de chat privados entre finales de 2025 y principios de 2026, de los que los investigadores concluyen que ha habido recientemente un verdadero aluvión de contenidos en Weibo, Douyin y Kuaishou que denigran a los manchúes y ensalzan la dinastía Ming.
El propio Gobierno, de hecho, ha intentado domesticar el movimiento promoviendo el término más inclusivo huafu («vestido chino») frente al étnicamente marcado hanfu, y en 2021 rechazó una propuesta parlamentaria para declarar una «Jornada Nacional del Hanfu». Sin embargo, el movimiento está muy lejos de apagarse.



