
El 12 de octubre, el antaño conocido como Día de la Raza y hoy como Día de la Hispanidad, es la gran fiesta nacional de nuestro país. No obstante, y pese a los desfiles, paseos militares y la fanfarria general de la señalada fecha, lo cierto es que para el que escribe siempre tiene un cierto componente trágico.
El día, al final, se mueve de forma incómoda entre una nostalgia imperial y aquellos a los que, al oír la mera mención de España, les sale urticaria. Ambas visiones, si bien una es mucho peor, quedan incompletas, ya que el país fue y es mucho más que su época imperial y, desde luego, es motivo de orgullo.
Y es que, aunque tendamos a olvidarnos de nuestras propias figuras y alabemos a pensadores alemanes, franceses o ingleses, España dio mucho más al mundo que mosquetones y picas en Flandes, ya que la impronta de nuestros intelectuales, medio olvidada en España, se recuerda en todo el planeta por su nivel y sus aportaciones a los grandes debates que han marcado el mundo.
Juan de Mariana y los padres del liberalismo
Juan de Mariana (1536-1624), jesuita, historiador y teólogo, reflexionó sobre los límites del poder político y la legitimidad de la autoridad. Sus escritos contribuyeron a formular preguntas sobre el poder de los reyes, los derechos de sus súbditos y las relaciones entre gobernantes y gobernados que continúan presentes en la historia del pensamiento político.
Es considerado por muchos como uno de los precursores del liberalismo, si bien en una versión muy inicial. Sus principales aportaciones giraron en torno al poder de los reyes y los derechos de los ciudadanos. En 1609 publicó Demonetaemutatione, una de sus obras más conocidas. En ella, que le costó un tiempo en la cárcel, criticaba las políticas del rey Felipe III, que había alterado el valor de la moneda para sufragar los gastos de la Corona.
En esa obra, consideraba que un buen rey debía limitar sus intervenciones, ya que cada vez que el monarca actuaba sobre este aspecto afectaba al fruto del trabajo de sus súbditos de forma arbitraria. Las intervenciones del Estado en la economía no eran otra cosa que
«quitar a los del pueblo sus bienes por más que se los disfrace con dar más valor legal al metal».
De la misma manera, en 1599 había publicado De rege et regis institutione, en el que, de una forma muy crítica, cuestionaba la teoría del derecho divino de los reyes y defendía que el poder político debía estar sometido a límites. Mariana sostenía que el pueblo podía resistirse a un monarca tiránico en determinadas circunstancias. Es decir, situaba, con sus matices, la legitimidad del gobernante y los derechos de los súbditos en una relación en la que estos podían juzgar la actuación de sus gobernantes.
Aunque en tiempos recientes su figura está siendo recuperada, todavía se encuentra muy lejos de la fuerza que llegó a alcanzar, sobre todo fuera de nuestras fronteras. Y es que el propio John Locke, al que se identifica habitualmente como padre del liberalismo moderno, conocía la obra del jesuita. El académico Ángel Manuel Fernández Álvarez (2015) estudió la transmisión de las ideas políticas y económicas de Mariana a Inglaterra durante el siglo XVII y señaló las posibles conexiones entre sus planteamientos y los de Locke. El inglés recomendaba leer la Historia de España de Mariana y poseía obras del jesuita en su biblioteca privada.
Francisco Suárez, una filosofía que recorrió el mundo
Francisco Suárez (1548-1617) fue uno de los grandes representantes de la escolástica tardía. Sus Disputationesmetaphysicae, publicadas en 1597, constituyeron una exposición sistemática de la metafísica que se apartaba de la práctica habitual de organizar la enseñanza filosófica mediante comentarios a Aristóteles.
El historiador de la filosofía Carlos Baciero González examinó la importancia de esta obra en un artículo publicado en la revista Arbordel CSIC en 1998. Las obras de Suárez fueron discutidas en las principales universidades europeas durante siglos, aunque en España cayeran en el olvido.
Una parte fundamental de la obra de este pensador, que escribió tratados sobre el poder político y la doctrina de la Iglesia, giraba en torno al derecho legítimo de los reyes. Sin llegar a plantear la rebelión como un derecho general, como haría Mariana en determinadas circunstancias, situaba la moralidad y el derecho natural en el centro de la ecuación. Un súbdito debía obedecer a la autoridad política, pero siempre teniendo en cuenta sus obligaciones morales y religiosas.
Así, un juramento de fidelidad a una autoridad no podía considerarse válido en cualquier circunstancia, pues también debían tenerse en cuenta las obligaciones contraídas con Dios. De tal manera, Suárez contemplaba la posibilidad de resistirse a determinados gobernantes cuando se daban las condiciones necesarias para considerar ilegítimo su ejercicio del poder.
Suárez situaba los límites morales de la autoridad política en el centro de su pensamiento, cuestionando la obediencia ciega al gobernante y admitiendo, bajo determinadas condiciones, la resistencia frente a la tiranía.
Lo interesante es que la obra de Suárez tuvo una recepción internacional mucho más amplia de lo que suele conocerse fuera de los círculos especializados. Sus escritos fueron estudiados en Europa durante siglos y llegaron también a Asia a través de los misioneros jesuitas. A mediados del siglo XVII, el jesuita Martino Martini intentó traducir sus Disputationes metaphysicae al chino. Un episodio que ilustra hasta qué punto el pensamiento de un autor español llegó a despertar interés más allá de las fronteras europeas. Curioso que en España no se le recuerde más allá de algunos estudios específicos de filosofía y teología.
Donoso Cortés y la dictadura del sable
Estos dos ejemplos giraban alrededor del pensamiento sobre los límites del poder, pero también hemos tenido grandes pensadores «al otro lado de la barrera». Juan Donoso Cortés (1809-1853) fue una figura controvertida y enormemente olvidada. Este caso nos permite trasladar la discusión al siglo XIX. Político, diplomático y pensador extremeño, evolucionó desde posiciones liberales hacia una filosofía política católica y contrarrevolucionaria. Su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, publicado en 1851, constituye una de sus obras fundamentales.
En buena parte de sus escritos de madurez encontramos una fuerte crítica al liberalismo, articulada alrededor de la llamada «dictadura del puñal», expresión que aparece en un discurso pronunciado ante el Congreso de los Diputados. Según su forma de verlo, la democracia tenía un problema no de fondo, sino de forma. Y es que los asuntos políticos habían sido desacralizados y la moral se veía amenazada por la discusión en sí misma, en el sentido de que todo estaba ya abierto a interpretaciones, incluso aspectos sagrados como la vida o la dignidad.
Esto es lo que él contraponía a la «dictadura del sable»: una lucha entre las diferentes ideas sin control que, en su interpretación, podía acabar en un reguero de muertos. Frente a esto, que identificaba con la revolución, proponía la dictadura del sable, es decir, la autoridad gubernamental frente a la dictadura revolucionaria. Su propuesta no consistía simplemente en establecer un orden firme en las creencias, sino en defender una autoridad capaz de imponerse cuando consideraba que la legalidad ordinaria no bastaba para preservar el orden político y religioso.
Sus ideas fueron claves para pensadores como Carl Schmitt, el gran jurista alemán, cuya obra fue recuperada en España, entre otros ámbitos, por intelectuales vinculados a Podemos. Aunque sus posiciones políticas eran distintas de las de Schmitt, reconocían la relevancia de su pensamiento político. Curiosamente, Donoso Cortés es, con suerte, una nota al pie de página en España, pero tuvo una influencia importante en el pensamiento autoritario del siglo XX.
Pero no solo ellos: figuras como Metternich y el rey de Prusia Federico Guillermo IV conocieron sus discursos, y su obra circuló por los principales ambientes políticos e intelectuales europeos. Se puede estar o no de acuerdo con el autor, solo faltaría, pero su relevancia fue notable a nivel europeo durante décadas y en nuestro país, a lo sumo, nos acordamos de que una calle en Madrid lleva su nombre.
Quizá la cuestión más interesante no sea si hemos olvidado por completo a estos pensadores, sino por qué sistemáticamente hemos construido una imagen de nuestro propio país o exageradamente crítica o ridículamente ligada a lo militar. Los tercios, obviamente, fueron asombrosos, pero España ha aportado más al mundo que pólvora, y sus grandes autores, aunque estos sean solo un par, han marcado en buena medida el desarrollo intelectual de todo el planeta. El reto que nos debemos poner como españoles consiste ahora en trasladar ese conocimiento más allá de los círculos especializados y devolver a nuestra historia una parte de su dimensión intelectual, que fue, por lo menos, igual de relevante que las carabelas y las picas.



